> NARRATIVA
Hacer todo
Por Melisa Guilgur
La Plata, Argentina, junio de 2026
Era martes cuando el médico pronunció la frase que nadie quería escuchar: “No hay más tratamientos curativos posibles.”
El aire se volvió espeso, como si las palabras pesaran demasiado para quedarse flotando. Ella, sesenta y pocos, preguntó: “¿Cómo puede ser que no haya nada más que hacer?”. En su voz había una mezcla de incredulidad y traición. En este tiempo en que todo parece posible, ¿cómo aceptar que el cuerpo tiene límites?
No es lo mismo escuchar un diagnóstico no curativo a los 20 que a los 80. A los 20, la noticia cae como una tormenta fuera de estación: inesperada, injusta, imposible de aceptar. A los 80, tal vez el alma ya intuya que el ciclo se acerca, pero igual duele. Y, a cualquier edad, la pregunta se repite con la misma desolación: “¿Cómo puede ser que no exista algo más que me cure?”
Se buscan respuestas, alternativas, un “hagamos todo” que funcione como amuleto frente al miedo. Pero ¿qué significa realmente hacer todo? ¿Iniciar un tratamiento más, aunque ya no alivie? ¿Prolongar los días a cualquier costo? O quizás algo más silencioso: sostener una mano, aliviar un miedo, acompañar sin huir de la verdad.
A veces, los que se quedan se resisten más que los que se van, porque el amor se mezcla con miedo y con la imposibilidad de imaginar el después. “Quedate”, se piensa. “Aunque duela, quedate”, y sin querer, el amor se vuelve una forma de egoísmo tierno: no queremos soltar, no porque el otro no pueda partir, sino porque nosotros aún no sabemos cómo quedarnos.
Melisa es enfermera paliativista, reside en la ciudad de La Plata, Argentina y forma parte de los equipos del Hospital Interzonal General de Agudos Prof. Dr. Rodolfo Rossi y de ECCOSALUD Equipo de Cuidados Continuos.
En una de sus charlas, Enric Benito dijo: “Morir bien no es un fracaso de la Medicina; es un logro del alma”. Tal vez se trate de eso, de permitir que el alma tenga su espacio cuando el cuerpo ya no puede más, de abrir lugar al sentido cuando la técnica ya no alcanza, de entender que el misterio del final es irremplazable.
Vivimos en una época en que la tecnología promete vencerlo todo: el dolor, el envejecimiento, incluso la muerte. Sus avances han prolongado la vida, pero también la ilusión de que morir es opcional. Los hospitales están llenos de máquinas que sostienen cuerpos, pero a veces vacían sentidos. Morir se volvió casi un error del sistema, una anomalía que nadie quiere nombrar.
El progreso médico ha cambiado la manera de morir, sí, pero también ha distorsionado nuestras formas de vivir. Nos enseñó a medir la vida en años y no en sentido, a pensar en cantidad antes que en calidad. Aceptar la finitud, en este tiempo, se volvió casi un acto de rebeldía. Quizás el verdadero desafío no sea elegir entre “hacer todo” o “no hacer nada”, sino redefinir qué significa todo.
A veces, hacer todo es permitir el descanso, abrazar el silencio, acompañar la partida sin invadirla, y en ese gesto, tan pequeño y tan humano, se revela lo esencial: incluso al final, la vida sigue teniendo un valor inmenso.
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+Cultura Paliativa
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