> MIRADAS
Donde la maternidad permanece
Los modos de maternar y el arte de seguir estando
Por Tamara Araujo
Buenos Aires, Argentina, abril de 2026
Existen tantos modos de maternar como madres en el mundo. Muchas de ellas se construyen en el hacer cotidiano, en el acto silencioso de una presencia constante. En ese hacer, muchas de ellas, aprenden a sostener -a veces sin pausa- la casa, el trabajo, la crianza de los hijos, los vínculos, las alegrías y, por supuesto, las tristezas también.
Mamá es fuerte.
Mamá no llora.
Mamá aguanta.
Aprender a aguantar aparece, muchas veces, como una cualidad “innata” de la maternidad. Una virtud naturalizada en las mujeres. Casi como legado, como algo que se da entre sombras y silencios.
Pero, ¿qué sucede cuando una enfermedad irrumpe e impone límites? ¿Qué ocurre cuando el cuerpo deja de responder y ya no es el mismo de antes? Es ahí donde la maternidad se ve interpelada. No desaparece pero sí se transforma. Se quiebra, se reconfigura entre nuevas posibilidades y nuevas pérdidas.
* * *
María tiene 50 años, llega a nuestra sala de cuidados paliativos en junio del año 2022. Lo que la trae a nosotros es una interconsulta, una enfermedad: un tumor. No solo eso, también trae consigo los vestigios de un cuerpo cansado, frágil y vulnerable. Un cuerpo que ya no responde como antes.
No llega sola: la acompaña su hija Carla, una joven de 16 años y su cuñada. Tres mujeres entran en escena, sosteniéndose mutuamente. Intentando nombrar algo que todavía resulta difícil de decir.
En ese primer encuentro María dice:
– Suelo aguantarme el dolor hasta que no puedo más.
Lo expresa con naturalidad pero encarnando en su rostro una mirada triste, apagada y un dolor que escapa a lo físico. Un dolor que no puede diagnosticarse con preguntas médicas. Un dolor íntimo, difícil de nombrar y que no se resuelve únicamente con analgesicos.
Se produce un silencio cómodo, sentido y contenedor. De esos que alojan. Un silencio que acompaña.
En la clínica paliativa estas frases aparecen con frecuencia. El aguantar no siempre refiere al dolor físico. Muchas veces habla de una forma de habitar la vida, de un modo aprendido de sostener, incluso, cuando el cuerpo comienza a marcar límites.
En María, aguantar no es solo soportar el dolor físico. Es también sostener la crianza, la casa y los afectos. Es sostenerse en su lugar de madre guerrera, tal como lo había hecho a lo largo de toda su vida.
A medida que pasaban los encuentros, la preocupación por sus hijos comienza a ocupar el centro de la escena en el consultorio. María se angustia con el solo hecho de pensar que -muy probablemente- no podrá acompañarlos en el tiempo que vendrá.
– Sé que tengo que hablar con ellos sobre esto pero no sé cómo.
En el acompañamiento a personas gravemente enfermas estas conversaciones difíciles y sentidas aparecen todo el tiempo. Nombrar lo que sucede, anticipar despedidas posibles. Encontrar palabras “justas” para los hijos es, muchas veces, una tarea dolorosa y por lo tanto difícil.
Para María ser madre no es solo ocupar un rol, más bien, es parte esencial de su identidad. Se describe como una madre presente: la que estuvo en cada evento escolar, en las enfermedades, en los cumpleaños, y también en los momentos difíciles. Para sus hijos, ella es refugio. Es hogar. Es la que supo alojar. La que supo abrazar y estar presente aún en el silencio.
«Para sus hijos, ella es refugio. Es hogar. Es la que supo alojar. La que supo abrazar y estar presente aún en el silencio.»
Pero la enfermedad avanza, su cuerpo lo demuestra y ella lo sabe. Hay cosas que ya no puede hacer. Al menos no como antes. Ya no puede llevarlos a la escuela, cocinarles su comida favorita, sostener el ritmo cotidiano que durante años organizó la vida familiar. Y eso duele. A veces, incluso más que la propia enfermedad.
Le preocupa Carla, su hija mayor. Le preocupa Joaquín, su hijo menor, que una y otra vez le pregunta si está bien, si está durmiendo, si necesita algo. Pero, sobre todo, le preocupa aquello que nombra en voz baja, casi a susurros. Le preocupa cuando “ya no esté”.
La finitud aparece como una certeza posible. Frente a esa posibilidad, María expresa un deseo claro, sentido y contundente: dejar “todo en marcha”. Seguir cuidando a sus hijos de algún modo, incluso si su presencia física ya no estuviera.
Acompañarla en este proceso implica sostener su historia, su modo de maternar, su deseo de seguir estando en la vida de sus hijos. Sostener en la incertidumbre. O bien, en la certeza del fin de su viaje.
En cuidados paliativos solemos decir que acompañar no es solo intervenir sobre el dolor físico. Es también cuidar aquello que da sentido a la vida de cada persona.
«La enfermedad pone límites en el cuerpo, pero la maternidad encuentra recovecos para seguir existiendo.»
En la historia de María, ese sentido estaba profundamente ligado a la maternidad. Con el paso del tiempo, algo comienza a transformarse. María ya no habla tanto del después. Comienza a poner el acento en el presente. En aquello que todavía puede decir, en las conversaciones pendientes, en los recuerdos que desea dejar sembrados en sus hijos.
Sí, la enfermedad pone límites en el cuerpo, pero la maternidad encuentra recovecos para seguir existiendo.
Acompañar a María me permitió comprender que “seguir estando” no siempre se vincula con el hacer. A veces se trata simplemente de permanecer.
Y es en ese “permanecer” que María sigue siendo madre.
* * *
TAMARA ARAUJO
Trabajadora social.
Actualmente está realizando la Residencia posbásica en Cuidados Paliativos.
Vive y trabaja en Buenos Aires, Argentina.
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