> NARRATIVA

Tiempo y puertas

Por Victoria Vilches

Buenos Aires, Argentina, marzo de 2026

Belu “eligió” que nos conociéramos. Una mañana, entre mates antes del pase de sala, me contó de vos. Disfruto compartir el trabajo con ella, hacemos buena dupla, pero sé que cuando dice “Hoy viene tal. ¿La vemos juntas?”, lo complejo se avecina.
Y entonces nos encontramos con vos en el consultorio, en un otoño que se estaba por transformar en invierno.

Nos hablaste un poco sobre tu historia de enfermedad, con una voz muy suave, finita, con pocas, poquísimas palabras. Te veía sentada en el borde de la cama, con tu baja estatura, delgada, el pelo oscuro y cortito, huella del paso de las quimios; eras joven, unos años menor que yo. Ojos marrones, grandes. Distante. Lo pequeño de tu cuerpo resultó inversamente proporcional a la medida de tu interioridad. ¿Cuánto dolor puede caber allí? ¿Cuánto dolor puede soportar una vida, un cuerpo?

Cada vez que nos veíamos en la consulta, me preguntaba cómo acompañarte mejor, cómo construir un estar ahí que aliviara un poco. Me frustraba no lograrlo del todo (¿era obstinación o no entender, quizás?). Con Belu y el equipo pensamos estrategias, pero las ideas que fueron surgiendo parecían llaves que encajaban fugazmente en cerraduras que se reconfiguraban sin cesar.

Fuimos conociendo a tu familia. Tus hermanas hablaban bastante; tu papá, siempre cabizbajo, al lado tuyo, envuelto en una nube opaca y densa, pero tierna a la vez. El sufrimiento lo modelaba desde lejos. Tampoco decía mucho. Tu hijito hacía más barullo, un niño pequeño… ¿Es que tal vez hablaba por todxs?

El dolor se hacía presente en otras partes de tu cuerpo. Fueron cambiando las líneas de tratamiento, pasaron los meses y no había indicios de mejora. Al contrario, la fragilidad aumentaba, el tiempo empezaba a quedarse corto. Seguimos al lado tuyo, disponibles, muy atentas, a ver si en una de esas nos abrías alguna puertita, o al menos nos tirabas alguna pista. Con la primavera brotó la confirmación de que tu dolor iba más allá de los huesos afectados, de los ganglios agrandados y del hígado invadido. Era desgarrador y complejo lo que te hacía sufrir: creo que era más bien la existencia misma y saber hacia dónde estabas yendo. Lo que te hacía sufrir era querer irte y también querer quedarte.

Victoria es médica paliativista, reside en la provincia de Buenos Aires, Argentina y forma parte del equipo del Hospital Nacional Dr. Baldomero Sommer. Esta narración surge del Taller «Una poética de la clínica», de Cultura Paliativa.

El verano se acercaba y, junto con él, tus últimas semanas. Un día te internaste, pero ese “respiro” hospitalario fue breve. Querías volver a tu casa. El miedo de tu familia recobró fuerza. Ese miedo también apareció en mí, pero entendí que era necesario probar. Además VOS lo estabas diciendo. Belu también, como amiga y compañera psicóloga, acompañó ese temor que tocaba alguna fibra —todavía viva en mí— de médica internista. A los pocos días, volviste a internarte. Charlamos un poco. Creo que intercambiamos más en esos pocos minutos que en todos los meses anteriores. Tuve que acercarme bastante; tu voz era apenas perceptible, tu cuerpo estaba muy débil.

Con una pregunta expresaste lo que en verdad te desgarraba: ¿Por qué traje un hijo a este mundo, para que se quede sin su mamá, tan chiquito? Dijiste algunas cosas más, que no me acuerdo, porque el corazón se me estrujó al escucharlas. Fueron como muchas agujas pinchando a la vez. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Tanto joder con las palabras y se me esfumaron todas del cerebro. Nos miramos. No había respuesta, así que me quedé con vos un rato más, en silencio.

¿Será que en realidad no abrías esas puertas para protegerte y protegernos?
Después de ese día, te metiste en tu mundo. Las semanas siguieron transcurriendo, con tu familia más tranquila. Viste que con la agonía aparecen esas preguntas un tanto fastidiosas: ¿Qué le falta? ¿Se aferra a la vida?… Qué sé yo, no sé si es a la vida, pero sí a la de tu pequeño. Entonces sí, te aferrabas a la vida, al amor en tu vida. Son tiempos que escapan velozmente al entendimiento —solo, y no tan solo, podemos ser testigxs de ello—. Pero se ve que necesitamos de eso, porque se nos hace cuesta arriba el misterio, la incertidumbre, el no control. Cuando me doy cuenta, me río de mí misma, un poco avergonzada a la vez. Teoría versus práctica.

Qué difícil acompañar el tiempo del otro, sin intentar buscar explicaciones, sin maniobras ni movimientos, sin pensar en qué falta.

Ese último día se habilitaron muchas cosas en ambas, creo. Ese día, tu respiración marcaba lo inminente. Te llevamos poesía. Observé que mientras te leían respirabas con el tempo de los versos recitados. La paz se estaba instalando en la habitación, luego de largos meses. Después de ese ratito compartido, sentí la necesidad de salir, sentarme en el pasto, recibir el calor del sol en la cara, ver el cielo. Respiré varias veces, bajé el ruido cerebral propio. Eso que llaman “salir del automático”. Junté algunas flores silvestres, cuidadosamente, eligiendo un regalo. Las puse en una tacita y las apoyé en tu mesa de luz.

Como cada día antes de salir del hospital, pasé a despedirme. Es una especie de ritual diario, saludar a quienes están internados antes de irme. Aunque es un ritual, deviene a veces en pura inercia, pero ese día no lo fue.

Abriste puertas en mí, mientras cerrabas las tuyas, en silencio. Me permitiste estar en el umbral de aquellas que daban a lo profundo, y fugazmente las abriste. Hoy siento que estar ahí fue lo importante.
Aquel viernes, en el umbral de la noche, te fuiste del mundo.

Gracias por traerme todo esto y todo aquello.

Leí por ahí que esto de la compasión en el fondo es siempre un intento fallido. Fue un poco liberador leer eso y en un segundo momento me trajo más preguntas.

Tantas vueltas en torno a las palabras, pero ¿qué (me) pasa con el silencio? Es acertijo y es espacio. Lo visualizo como un lienzo enorme, sin bordes, a veces abrumador. Entonces, otras herramientas hemos de usar.

Resulta que hay una herramienta con la que venimos todxs, pero que naturalizamos, ignoramos o subestimamos: la presencia.

A veces me da escozor usar ciertas palabras, porque como leí en un texto de Claudia Masin, algunas palabras hermosas son devoradas por la maquinita picadora del discurso hegemónico. Seguí tan enroscada en la búsqueda de elementos, estrategias, de palabras explícitas que pudieran constituirse a la vez como un bálsamo, algo que suavizara un poco todo, que me di cuenta casi hacia el final de que solo y no tan solo, lo que reinó fue eso, la presencia.

No es la primera vez que ese día en el que la conciencia dice presente, en voz alta, coincide con la partida. Y me recuerda que el saludo ritual devenido en inercia tiene todo el sentido. Entonces, vuelvo a sentir cómo ruedan la gratitud y la ternura en mi interior.

* * *

+Cultura Paliativa

¿Crecer duele?

¿Crecer duele?

«¿Crecer duele?» es una narrativa de Daniela Gonzalez, y fue uno de los trabajos surgidos del Taller «Una poética de la clínica» de Cultura Paliativa.

Patricio

Patricio

«Patricio» es una narrativa de Aldana Epele, y fue uno de los trabajos surgidos del Taller «Una poética de la clínica» de Cultura Paliativa.