> DANZATERAPIA CON PERSONAS EN TRATAMIENTO ONCOLÓGICO Y ACOMPAÑANTES

Acompañando desde el movimiento

Por Laura Alonso

Buenos Aires, Argentina, febrero de 2026

La idea nació casi sin buscarla. Candela Berizzo —psico-oncóloga y participante regular de mis clases de danza-movimiento— me propuso un día: “¿Y si llevamos la danzaterapia y el movimiento consciente a personas que están atravesando un proceso oncológico?”. Según ella, sus pacientes necesitaban volver al cuerpo, reencontrarse con el movimiento y recuperar un anclaje en el presente.

La propuesta me entusiasmó enseguida: ¿qué más quería yo que ampliar los alcances de la danzaterapia y acercarla a quienes realmente podrían beneficiarse? Hay algo profundamente motivador de trabajar sobre una idea que aparece casi sin buscarla. Como si viniera desde un lugar más intuitivo. Porque, en realidad, creo que la idea nació del movimiento que juntas empezamos a crear mucho antes: en las clases, cuando algo del cuerpo y del ritmo colectivo iba co-creando sin que nos diéramos cuenta.

Así fue, trazamos un camino, nos organizamos, armamos equipo y nació SOMA, un programa que desde hace un año y medio acompaña a pacientes oncológicos y a sus familias en la ciudad de Bariloche, Patagonia Argentina. Comenzamos siendo pocos y en una sala hermosa con piso de madera y luz cálida, eso nos permitió generar un clima íntimo para poder ir tejiendo una trama e ir consolidando al grupo. Después de unos meses nos trasladamos a Fundación Intecnus (Centro de Radioterapia de Bariloche).

SOMA es un espacio profundamente humano que me enseña y me conecta con la vida. Me invita a poner en perspectiva, a ampliar la mirada y a volver a lo esencial. Allí integro varias de mis facetas, invitando a bailar, a comunicar y a resignificar el cuerpo y la experiencia.

Empecé bailando danza clásica a los cinco años sin saber que el movimiento sería parte de mi historia ni que la danza se convertiría en mi lenguaje preferido. Mi formación en comunicación me enseñó a buscar sentido, a deconstruir el mensaje y a decir de otras formas. En la danza encuentro eso mismo: un lenguaje que no se cierra, que deja lugar a la curiosidad y a lo que emerge. En ese cruce, el movimiento integra todas las que soy y resignifica, una y otra vez, mi manera de estar en el mundo.

«¿Moverse cuando todo parece detenerse?
¿Bailar en medio del dolor?
¿Trabajar con un cuerpo atravesado por intervenciones?»

¿Para qué bailar?

La danza es, ante todo, una forma de expresión humana. Mucho antes de poner palabras, nos movimos para comunicar necesidades y emociones. “No importa cómo te mueves, sino qué te conmueve” afirma Pina Baush, para señalarnos que el movimiento auténtico, cuando nace desde lo genuino, tiene la capacidad de dar forma a lo que a veces no puede nombrarse.

En el ámbito de la oncología, donde el cuerpo suele asociarse al diagnóstico, la intervención o el tratamiento — y donde el cuerpo se vuelve amenazante, desconocido, en el que cuesta confiar—recuperar la danza como lenguaje expresivo abre un espacio distinto: uno donde la persona vuelve a reconocerse.

En mi experiencia acompañando grupos, suelo observar un fenómeno que se repite: cuando una persona siente nuevamente su cuerpo como propio —no como objeto de estudio, sino como territorio vivo— algo se reorganiza. La enfermedad no desaparece, pero cambia la percepción. La aparición del cuerpo soberano imprime una pausa que habilita encuentro, posibilidad y agenciamiento.

El movimiento contribuye a disminuir el estrés, el miedo y la ansiedad; favorece la regulación emocional y promueve un mayor bienestar físico y psíquico. Pero más allá de la evidencia científica, hay una verdad simple que se verifica en la práctica: la danza permite volver a sentir un territorio que la enfermedad suele desplazar: el cuerpo. El movimiento expresa estados internos —emociones, imágenes, tensiones, deseos— que mediante un proceso creativo ayuda a procesar y aliviar el sufrimiento.

La danzaterapia trabaja justamente con esta premisa: el cuerpo es un lenguaje. Se basa en la relación entre movimiento y emoción, y utiliza el movimiento como recurso expresivo fundamental del ser humano. No requiere habilidades técnicas ni pasos coreografiados; alcanza con la disponibilidad de estar presente y permitir que el cuerpo hable, porque toda emoción es, en esencia, movimiento que busca expresarse.

Los movimientos reflejan estados emocionales y, al mismo tiempo, esos estados influyen en la manera en que el cuerpo se mueve. En las sesiones se busca integrar cuerpo, mente y emociones, alejándonos de la idea del cuerpo como instrumento para recuperarlo como un espacio a escuchar. Cada gesto, cada respiración, cada micro-movimiento aporta información sobre límites, necesidades y valores. Desde ese lugar, la persona puede reconstruir vínculos consigo misma y con su entorno.

«La enfermedad no desaparece, pero cambia la percepción. La aparición del cuerpo soberano imprime una pausa que habilita encuentro, posibilidad y agenciamiento»

Volver al cuerpo: presencia, anclaje, sostén

A partir del relato de mis alumnos y alumnas —o, como me gusta llamarles, movientes—, el cáncer suele transformar la vida en un recorrido marcado por la incertidumbre, las esperas, estudios y diagnósticos que parecen no terminar. A eso se suman, muchas veces, las demoras de las obras sociales, que alargan los procesos y aumentan la ansiedad. En ese contexto, la mente se sobrecarga: piensa, repiensa, anticipa, se llena de escenarios posibles, y, el cuerpo queda al margen, sosteniendo tensiones y emociones que a veces ni logran registrarse.

En este contexto, lo que más me gusta es acompañarlos en recuperar presencia. La enfermedad trae protocolos, rigidez, tiempos de espera y dispositivos que inmovilizan, por eso el enraizamiento es central: volver a sentir los pies en la tierra, literalmente. Nos movemos descalzos para recuperar el contacto, la gravedad, el sostén.

En palabras de M (participante del dispositivo): “en el proceso de tratamiento oncológico, la danzaterapia es un medio para conectarse con la vida: un ancla con el presente. La música descubre caminos que llevan a diferentes estados que, a través del cuerpo, se materializan y facilitan el proceso de autoconocimiento al que invita la experiencia oncológica. Al ser guiada y compartida, esa vivencia potencia la alegría y mitiga el dolor”.

Liberar la danza de la expectativa estética

Muchas personas llegan con la idea de que bailar es “hacerlo bien”. Seguir una coreografía. Recordar pasos. Copiar una forma.

En contextos oncológicos —y en cualquier proceso de crisis —ese mandato estético no sólo es inútil sino también un obstáculo. La propuesta es habilitar el movimiento que surge de la memoria corporal, de la emoción y del encuentro, moverse desde donde se puede y desde lo que se siente. Por lo tanto, mi rol no es enseñar a bailar sino crear las condiciones para que algo se exprese, a veces una tensión que se suelta, otras una emoción que encuentra forma, una necesidad que aparece con claridad o el placer de dejarse afectar por la música.

La danzaterapia propone crear a partir de lo disponible: no importa lo que falta, ni si alguna parte del cuerpo no puede moverse o si la escucha es limitada. Nadie está “completo” decía María Fux, maestra y pionera de la Danzaterapia en Argentina: “¿Qué movimiento puedes inventar? Se trata de probar, moverse, dejar que fluya lo que se tiene. Y de a poco el cuerpo va diciendo sí puedo, sí bailo, sí me expreso, y los límites se pueden ir desplazando lentamente” (Entrevista a María Fux, 2015). En ese proceso de exploración —que al mismo tiempo es un espacio de liberación— la persona reconoce sus posibilidades y descubre todo lo que es capaz de crear con su propio cuerpo.

Y así, el movimiento se vuelve una vía para decir sin palabras.

Al finalizar uno de los encuentros, propongo volver al círculo y elegir un gesto significativo que represente lo vivido. Mientras una participante lo realiza, el grupo imita su movimiento con la intención de percibir la información que ese gesto transmite. Este procedimiento —observación y réplica— permite que se despliegue, se resignifique y circule a nivel grupal, favoreciendo procesos de empatía, conexión y comunicación no verbal. De fondo, suena Experience, de Ludovico Einaudi, acompañando el cierre.

Completamos la ronda: cada moviente realizó su gesto y el grupo comenzó a reconocerse en las formas y cualidades de movimiento de las otras. Se activó así un proceso de empatía kinestésica que habilitó nuevas posibilidades de movimiento, favoreció la expresión y promovió la sensibilidad grupal. Al finalizar la música, emergió un silencio significativo: un silencio que suele aparecer cuando se alcanza un estado de sintonía colectiva, donde se integran sensibilidad, empatía y sentido de pertenencia.

En palabras de J: “desde que comencé, entendí que esta práctica va mucho más allá del movimiento. Lo que sucede en el grupo, esa posibilidad de compartir, sentir y trabajar en conjunto, es algo maravilloso. Para mí, el avance que logramos es mil veces mejor y más rápido que si lo hiciera de manera individual. Hace un año que asisto, y trato de no faltar nunca porque realmente me hace muy bien en mi integridad, en el cuerpo, la mente y el espíritu. Es un pilar fundamental en mi proceso.”

Una invitación a volver a habitarse

En un mundo que nos exige pensar rápido, anticiparnos y resolver todo el tiempo, la danzaterapia propone algo distinto: un espacio para sentir, disfrutar, frenar e integrar.

No se habla de curar, sino de acompañar de un modo más humano, profundo y presente. De abrir una posibilidad para que el cuerpo —aun en el dolor, aun en la vulnerabilidad— siga siendo un lugar habitable, un territorio propio y soberano.

 

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